Permaneceremos Juntos
Una ofensa a Dios



De izquierda a derecha y de arriba a abajo, las imágenes son: 1: Sudáfrica, principios de los años 80 (Foto: Salgado junior) 2: Sudáfrica, 1985: Sacerdotes detenidos por la policía (Foto: Peter Tygesen/Danchurchaid) 3: Sudáfrica, 21 de marzo de 1960: matanza de Sharpeville (Foto: UPI).

El escándalo de la división y la opresión en las iglesias y en el mundo por motivos de raza preocupó desde sus primeros días de existencia al Movimiento Ecuménico.

Una de las secciones de la Segunda Asamblea del CMI, celebrada en Evanston en 1954, se ocupó de «La iglesia entre las tensiones raciales y étnicas».

Una ofensa a Dios

Los severos términos en que la Asamblea se refirió a este tema tuvieron particular resonancia en Sudáfrica, donde las tensiones raciales aumentaban a consecuencia de la segregación instaurada por las leyes del apartheid. La represión por parte de la policía que ocasionó una verdadera matanza en una manifestación de sudafricanos de raza negra en Sharpeville, en marzo de 1960, centró la atención de las iglesias de todo el mundo en la iniquidad de aquel sistema.

A los pocos meses, el CMI invitó a unos 80 dirigentes blancos y negros de las iglesias de Sudáfrica a reunirse con una delegación ecuménica internacional en el Cottesloe College de la Universidad de Witwatersrand.

Las conclusiones de este encuentro reafirmaron que ningún cristiano podía ser excluido de ninguna iglesia por motivos de raza o color de su piel. Esta postura fue denunciada casi de inmediato por el gobierno sudafricano; y poco después las tres iglesias Reformadas Holandesas de Sudáfrica miembros del CMI se retiraron del Consejo.

La declaración de Evanston sobre la raza era ya inequívoca; pero aún hubo de pasar algún tiempo para que el CMI uniera los hechos a las palabras en la lucha contra el racismo:

Desde la perspectiva cristiana, todo el sistema de discriminación racial se ve como una intolerable ofensa a Dios. En circunstancias así comprendemos más plenamente el significado del Evangelio y el deber que compete a la Iglesia y a cada cristiano.



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