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Orar y obrar juntos por la unidad:
Reflexiones sobre una fecha común para la celebración de la Pascua



Oremos y obremos juntos por una fecha común de la Pascua,
que nos acerque al imperativo de la unidad de los cristianos

Obispo Metropolitano de Damiette, Iglesia Ortodoxa Copta

En estos comienzos del tercer milenio del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en este año 2001 de la era cristiana, todas las tradiciones cristianas -- ortodoxa y ortodoxa oriental, católica romana y protestante - celebrarán al mismo tiempo la Pascua.

Dado que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida, Él es el centro de la unidad de la Iglesia.

Ya en el siglo IV de nuestra era las iglesias oraban y obraban para llegar a la adopción de una fecha común para la celebración de la Pascua. Sin embargo, al mismo tiempo, se producían divisiones a causa de las diferencias de opinión sobre la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y sobre su consustancialidad con el Padre. Y en aquella ocasión decisiva se adoptó, en el primer concilio ecuménico, el Credo de Nicea, en el que se confesaba que Jesucristo es homo-ousion con el Padre, es decir, de la misma esencia que Él, consustancial y coeterno con Él. Y fue en ese mismo Concilio de Nicea donde, además de adoptarse el común Credo cristiano, se fijó una fecha también común para la Pascua, y se encargó a la Iglesia de Alejandría que determinara cada año, con arreglo a criterios convenidos, esa fecha común y que la comunicara a todas las iglesias del mundo.

Tanto histórica como teológicamente podemos decir que la persona del Verbo de Dios encarnado es la causa de la unidad de la Iglesia. El Dios resucitado es siempre fuente de inspiración y de renovación en nuestras vidas.

Cuando ya se aproximaba su Pasión, nuestro Salvador dijo a sus discípulos: "La hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo, pero no estoy solo, puesto que el Padre está conmigo" (Jn 16:32). "También vosotros ahora tenéis tristeza, pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo" (Jn 16:22).

Los discípulos desperdigados estaban de nuevo reunidos en torno al Señor resucitado, en aquel día de Pascua en que se les apareció como está escrito: "Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunido por miedo de los judíos, llegó Jesús y, puesto en medio, les dijo: "¡Paz a vosotros!". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor" (Jn 20: 19-20).

Es evidente que la resurrección del Señor produjo un cambio radical en la vida de sus discípulos. El Señor resucitado es la fuente de energía, de alegría, de paz y de unidad de la Iglesia. Todo lo que nosotros necesitamos es estar unidos con Él en la santa vida de la victoria sobre el pecado.

Todo lo que necesitamos es olvidarnos de nosotros mismos y ver al Señor resucitado, que brilla con su divina gloria e ilumina nuestros pensamientos y nuestros corazones.

Todo lo que necesitamos es aceptar su divino amor para amarnos unos a otros y para estar unidos en Él.

Y es la vida de santificación la que nos reunirá a todos, de modo que podamos alegrarnos y confesar todos juntos nuestra fe, que es una, santa y apostólica.



CMI Crónica: Orar y obrar juntos por la unidad
fe y constitución


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