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5 de mayo de 2000

Pentecostes 2000
Mensaje de los Presidentes y las Presidentas del Consejo Mundial de Iglesias


Gracia y paz a todos ustedes en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Desde el alba de la mañana de Pascua, los cristianos del mundo entero hemos estado celebrando la gloriosa resurrección de Cristo y su amor y misericordia imperecederos. Juntos damos gracias por estos poderosos dones de redención que nos unen como hermanos y hermanas en Cristo. Nos regocijamos de que la iglesia continúe modelando y renovando su vida en Cristo y siga proclamando a Cristo resucitado a un mundo que padece necesidad.

Al celebrar nuevamente la antigua fiesta de Pentecostés, unimos a la promesa pascual de una vida resucitada, el llamado que nos hace el Espíritu Santo a ser el cuerpo de Cristo. Reconocemos que los dones de Dios en Cristo inevitablemente nos conducen a la comunidad y nos enseñan acerca de la calidad de nuestra relación. El Espíritu Santo nos recuerda en Pentecostés que ya no podemos vivir para Cristo prescindiendo unos de otros ni serle fieles sin amarnos los unos a los otros.

En el capítulo dos de los Hechos de los Apóstoles oímos otra vez este relato fundacional de Pentecostés. El Espíritu Santo, siempre activo en la creación, hizo que el Cristo resucitado fuera conocido por muchos, a los que reunió en comunidad. Los reunidos estaban sorprendidos y perplejos. El Espíritu los llevó a un lugar más allá de lo que era habitual y previsible, a un nivel de relación más profundo. Ese día, el Espíritu unió a las personas por encima de las barreras de cultura, de raza y de idioma de modo tal que Cristo ocupó un lugar central en los corazones de todos. El testimonio de los apóstoles inspirado en Pentecostés continuaría haciendo caer muchos muros y dejando en claro que el círculo del amor de Cristo da cabida a todos sin exclusión. Esta visión de Pentecostés no deja de llamarnos y de imponérsenos en cuanto seguidores de Cristo.

Esta visión de Pentecostés también nos ha sido difícil de aprehender. En este año milenario seguimos afrontando la realidad de haber desechado el don de unidad del Espíritu tanto en la iglesia de Cristo como en el mundo de Dios. Seguimos teniendo que confesar cómo hemos permitido que nuestra fe cristiana y nuestro silencio fueran utilizados como medios conducentes a la muerte en vez de a la vida en abundancia. Debemos admitir que a menudo vivimos como si fuera posible privar de la gracia y el amor de Cristo a las personas que percibimos como diferentes de nosotros. Seguimos construyendo muros en vez de construir el reino de Dios.

Y sin embargo, estimulada por el Espíritu Santo en Pentecostés, la iglesia puede forjar un futuro diferente por el bien del mundo. Podemos ofrecer juntos una alternativa a las fuerzas de muerte capaces de dividirnos en cuanto familia humana en nombre de la codicia y el poder. Porque cuando oímos los llamados del Espíritu Santo y respondemos a ellos, nos volvemos signo del reino eterno de Dios, comunidad dispensadora de la gracia, la esperanza, el amor y la justicia de Cristo. Cuando seguimos practicando nuestra unidad en el Espíritu dentro de la iglesia, creamos un don de paz para ofrecer al mundo. Sin duda, vivimos en una comunidad cada vez más compleja y planetaria. Debemos tener más claramente presente que nuestra red de relaciones humanas se extiende mucho más allá de las personas afines a nosotros, hasta prójimos de otras culturas, de otras religiones y que caminan por muchas otras sendas. No somos fieles a Cristo cuando pasamos por alto las exigencias de paz que estas relaciones implican para nosotros y somos incapaces de responder con el amor de Dios.

El Espíritu Santo irrumpe en Pentecostés como una ráfaga de potente viento. Como todos sabemos por experiencia, el viento puede ser sorprendentemente destructivo. Y, sin embargo, el viento es también una fuerza imprescindible de la naturaleza que trae nueva vida. Oramos por que en este tiempo de Pentecostés, el Espíritu Santo pueda derribar los muros que deben caer y nos colme de nueva esperanza, valentía y fe.

Dra Agnes Abuom, Nairobi, Kenya
Revda Kathryn Bannister, Bison, Estados Unidos de América
Obispo Jabez Bryce, Suva, Fiji
Metr. Chrysostomos de Efeso, Atenas, Grecia
S.S. Mar Ignatius Zakka I Iwas, Damasco, Siria
Dr Kang Moon Kyu, Seoul, Corea
Obispo Eberhardt Renz, Stuttgart, Alemania


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