Cincuenta Aniversario y Octava Asamblea del CMI
Crónica mensual
no.2
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¡Buscad a Dios con la alegría de la esperanza!
Una reflexión personal sobre el tema de la Octava Asamblea del CMI que se celebrará en Harare, Zimbabwe del 3 al 14 de diciembre de 1998

Thomas F. Best

Información para jefes de redacción y periodistas

Esta es una versión revisada de un artículo que fue publicado en The Ecumenical Review en julio de 1996. El Rev. Thomas F. Best es miembro de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo). El autor queda a su disposición para cualquier comentario o entrevistas.

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Sirvanse citar las siguientes referencias:
° Sudáfrica (5320-11)
° Mujeres bailando en una iglesia (5305-3)
° London City (4188-28>)
° El Salvador (3358-16A)
° Manifestación de mujeres, Jerusalén (4654-11>
° T. Best (3577-18A)

También pueden telecargar los logotipos de la Asamblea y del 50 aniversario directamente de esta página.



















































"... sistemas que recompensan la coidicia..." -un edificio de la "city", el corazón del distrito financiero de Londres.










































































































































































Un tema de hoy

La convocación de la Octava Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias tiene lugar en tiempos de crisis que interpelan a las iglesias, al Movimiento Ecuménico y al mundo, y constituyen, al mismo tiempo, una oportunidad.

El tema de esta Asamblea: "Buscad a Dios con la alegría de la esperanza" es una exhortación y un desafío a los cristianos y las iglesias para que proclamen juntos su fe trayendo un mensaje de esperanza y de nueva vida a un mundo presa de la duda, el sin sentido y la desesperanza..

Al formular el tema de la Asamblea se tenía plena conciencia de los problemas que ponen a prueba la fe cristiana hoy.

Esos problemas son múltiples. Nos referimos, por ejemplo, a la situación mundial en la que están en pugna la esperanza y la desesperanza: la caída de los regímenes de Europa del Este, la accesión al poder de un régimen democrático en Sudáfrica,

Agricultor en la nueva Sudáfrica hablando con un funcionario de iglesia sobre sus planes de volver a las tierras de la familia tras 20 años.

las vacilantes y tumultuosas iniciativas en favor de la paz en Irlanda, todas estas situaciones ofrecen promesa de liberación de la violencia, la opresión y el sufrimiento humano. Por ello, son, sin lugar a duda, pujantes signos de la presencia de Dios en la historia.

Sin embargo, también están actuando poderosas fuerzas en sentido contrario: el individualismo personal, fomentado por las necesidades de un mercado aparentemente insaciable, que define el valor social y personal en términos de ganancia material. Un individualismo colectivo, que suele estar sustentado por una larga historia de opresión y esperanzas frustradas, que privilegia a un determinado grupo racial, cultural o étnico en detrimento de otros. Y una cultura de violencia - de muerte- que desafía tanto a la humanidad como a la razón, y que antepone la competencia a la cooperación, la dominación a la solidaridad, y absorbe ingentes recursos en la fabricación de artefactos de destrucción.

Cabe mencionar también la situación de la iglesia en la que abundan signos tanto de renovación como de decadencia. En el hemisferio Sur las iglesias están creciendo a ojos vistas y, en el Norte, se manifiesta una clara voluntad de reparación de antiguos anatemas y divisiones y, en todas partes, hay
En el hemisferio Sur las iglesias están creciendo

muchos e importantes ejemplos de mayor unidad, de testimonio, de servicio, de resistencia a la opresión y al mal, y de fidelidad hasta la muerte.
Sin embargo, en el Norte, muchas iglesias históricas están en declive y, en muchos países, tanto en el Norte como en el Sur, surgen nuevos modelos de vida religiosa, que impugnan las estructuras tradicionales de las iglesias.

Cabe destacar también la situación ecuménica en la que se manifiestan tanto la determinación como la resignación. En la centuria pasada, las iglesias aprendieron a rendir culto a Dios, a reflexionar, a dar testimonio y a servir juntas. Son claras las señales de que están preparadas para pasar a una nueva fase del Movimiento Ecuménico, pero aún se muestran vacilantes. Dan la extraña sensación de que no pueden o no quieren, o simplemente tienen miedo de sacar las consecuencias de la experiencia común acumulada durante este "siglo ecuménico".

Un tema que aporta esperanza

Con estos problemas, y otros más, se confrontarán los delegados en el marco de la Octava Asamblea del CMI. Otros asuntos específicos del CMI también estarán en el orden del día de la próxima Asamblea, transformándola en un momento decisivo para su historia y, posiblemente, en un nuevo punto de partida para la vida del CMI y la peregrinación ecuménica de las iglesias. En 1998, se conmemorará el 50 aniversario de la fundación del CMI. Además de los festejos, ese será también el momento adecuado para hacer una exhaustiva evaluación y establecer nuevas orientaciones.

El tema de la Asamblea se desarrollará con una estructura y una dinámica que dan cuenta de tres momentos específicos de la fe y la vida cristianas:

  • Dios en su gracia se vuelve a nosotros
  • Nosotros respondemos con fe, actuando con amor
  • Anticipamos la venida, la plenitud final de la presencia de Dios, en toda la creación.

BUSCAD A DIOS
El Dios que buscamos

El Dios que buscamos es un Dios fiel que ha actuado a lo largo de la historia para establecer y mantener el mundo y el pueblo de Dios. Buscamos a Dios - podemos buscar a Dios- porque Dios nos buscó primero a nosotros. El fundamento de nuestra esperanza y la fuente de nuestra vida no es nuestra propia fidelidad, sino la fidelidad de Dios. Dios permanece fiel, aunque nosotros no le seamos fieles (Gn 9:11; Dt 4:25-31).

Buscar a Dios es recordar los actos del poder y el amor de Dios y confesar que estamos llamados a obedecerle.

En nuestra era de individualismo es fundamental tomar nota de que ese "recordar" suele tener lugar en el marco de la liturgia en presencia de la comunidad o de sus representantes.

Nuestra respuesta: actuar inspirados por el amor

Volverse a Dios y a Dios únicamente significa inevitablemente apartarse de otras cosas, de todos los ídolos que exigen nuestra devoción hoy. Los ídolos de madera y de piedra denunciados por el profeta Isaías (40:19-20; 40: 9-20) han sido reemplazados por cosas mucho más insidiosas y seductoras: por sistemas de ganancia material y social que recompensan la codicia más que la generosidad; por sistemas políticos y económicos que recompensan a los que ya tienen, a expensas de los que no tienen; por sistemas culturales y psicológicos que recompensan hábitos de dominio y de control en lugar de cooperación, de compartir y de solidaridad.

Al vivir en un contexto cultural y social participamos inevitablemente en sus sistemas de valores, de control y de recompensa: y tenemos intereses en nuestra propia opresión por el pecado. Por ello, el llamamiento a "buscar a Dios" siempre es una exhortación al arrepentimiento, a abandonar deliberadamente los valores dominantes de nuestra sociedad.

Ese "buscar a Dios", ese "volverse a Dios" afecta a todos los aspectos de nuestra vida y a todos los aspectos de nuestras relaciones. Exige una nueva espiritualidad, expresada no sólo en actos devocionales personales, sino en una forma de vida orientada hacia el Dios vivo.

Mediante ese "arrepentimiento", al dejar de considerarnos el centro de nuestra propia vida, establecemos una nueva relación no sólo con nosotros mismos sino también con nuestro prójimo.

¿Y cómo hemos de "volvernos a" nuestro prójimo? En la misma forma en que Dios se volvió a nosotros, con ternura y amor.

"Buscar a" nuestros prójimos significa hacer justicia a ella o a él, o a ellos. Del mismo modo que Dios ha actuado para nuestra salvación, así debemos actuar para el bien de nuestro prójimo, la comunidad y todo el orden creado.

La justicia no es básicamente una cuestión de cálculo acerca de lo que está bien y lo que está mal, ni de programas sociales, sino que apunta fundamentalmente a nuestras relaciones. La justicia trata de restaurar la relación, enderezando lo que estaba torcido, o destruido por abuso de poder personal o comunal, o por desigualdades de oportunidades económicas, culturales o sociales.

Llevada a sus últimas consecuencias, la justicia va más allá del cálculo de lo que está bien y lo que está mal; de hecho, parece a menudo contradecir el concepto de sentido común de equidad o incluso de buen sentido, como cuando Jesús pidió a sus discípulos que dieran pruebas de amor yendo una segunda milla - ¡y no sólo la segunda! (Mt 5:41; véase también 5:43-48 y Mt 20:1-16).

Dado que la justicia procura el bien del prójimo, y que trata de reparar los agravios y corregir los desequilibrios en la comunidad, su meta definitiva es la reconciliación. Como la incomprensión nace de la injusticia y de las disparidades de oportunidad o de la falta de comprensión, la instauración de la justicia es una condición previa para la verdadera reconciliación. El salmista sueña con un tiempo en el que "la justicia y la paz se besarán" (Sal 85:10).

Esto significa que las iglesias deberán participar en las luchas por la justicia. Significa también que las iglesias deben
examinar en qué medida sus propias vidas -- como instituciones integradas por seres humanos falibles-- reflejan realmente la concepción bíblica de la justicia misericordiosa de Dios, Como señal concreta de su compromiso en las luchas por la justicia, algunas iglesias, como ésta en San Salvador, han ofrecido un lugar seguro a las víctimas de conflictos civiles. (El Salvador, 1986)

y la visión bíblica de vida en comunidad, una comunidad libre de dominación y coacción, en la que cada persona puede ejercer libremente sus dones para la gloria de Dios y el bien de la comunidad en su totalidad.

LA ALEGRÍA DE LA ESPERANZA
Vivir con y por las promesas de Dios

La "alegría" cristiana no es un "sentimiento positivo" superficial, ni es la esperanza cristiana un optimismo fácil; ambos conceptos surgen de la experiencia de las primeras comunidades cristianas que, enfrentadas con situaciones imposibles, dificultades y persecuciones descubren que, en su vida común en Cristo, disponen de recursos suficientes para cada día (véase Mt 10:19).

Algunas de las calidades de la esperanza cristiana son especialmente útiles para reflexionar sobre el tema de la Asamblea.

Esperanza radical
La esperanza a la que estamos llamados es una esperanza radical. Está, ante todo, arraigada en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos que obra Dios por el poder del Espíritu Santo. (Ro 1:4). Esta acción es lo opuesto a lo que puede predecirse mediante ingeniosos análisis del presente, o de las "tendencias actuales": significa una ruptura radical con el orden actual, contrariando el sentido común e invirtiendo los valores del mundo (véase Mc 8:31-38; 9:30-41; 1 Co 1:22-25). Proclama el "no" de Dios al poder fundamental del ciclo de naturaleza, el poder de la propia muerte.

La resurrección es el "sí" de Dios a Jesús de Nazaret y al mesías que Él entendía debía ser: no ya un gobernante autoritario, sino un siervo que sufre por otros.

El poder de la esperanza a la que estamos llamados es el poder del amor de Cristo que se da a sí mismo; y esa clase de esperanza, arraigada en el sufrimiento, no puede ser ni triunfalista, ni coercitiva, ni utópica ni sentimental.

Esperanza inclusiva
Esta esperanza a la que estamos llamados es una esperanza que incluye a todos. Bíblicamente está enraizada en la visión de Cristo como el que habrá de "reunir todas las cosas (en Él),...así las que están en los cielos como las que están en la tierra" (Ef 1:10).

Esta esperanza inclusiva insiste en que todas las personas están en el ámbito del amor y de la bondad de Dios y en el ámbito de la preocupación cristiana (Lc 14:15-35; 14-13). Es evidente que la propia iglesia está llamada a vivir un amor incluyente que valora a todos y se complace de todos sus dones. Y si es realmente el cuerpo de Cristo -- el Cristo que llegó a todos -- ¿cómo podría la iglesia excluir a cualquiera de aquellos por los que Cristo murió, o sea, a cualquier ser humano?

El amor incluyente abarcará a todos los necesitados. Abarcará incluso al "otro", al repulsivo y amenazador "otro". Llegará tanto a nuestras víctimas como a nuestros enemigos, a los que están unidos a nosotros por el recuerdo de errores cometidos, y de heridas infligidas a unos y a otros.

Mujeres palestinas e israelíes participando juntas en una manifestación por la paz en 1990.

Esperanza esperanzada
La visión de un Dios que habrá "de reunir todas las cosas en Cristo" apunta a un tiempo en el que Dios instaurará "el nuevo cielo y la nueva tierra" (Ap 21:5; véase también 2Pe 3:13). Vivimos en un tiempo intermedio: el tiempo prometido ha entrado en la historia pero aún no es vivido en toda su plenitud (Hch 2:17; 1Co 13:12).

Pero eso no basta. Porque no podemos equivocarnos: la redención es necesaria para los seres humanos y para el resto de la creación. La humanidad lleva la marca del pecado, como lo prueba cada día la terrible enumeración de desastres sociales en cualquier periódico. Y la naturaleza, a pesar de toda su alegría y belleza insondables, es también un lugar de desecho y de gran sufrimiento, en el que la vida existe a costa de la vida, en la que los animales matan y se comen unos a otros -tienen que comerse unos a otros- para poder sobrevivir.

La medida de nuestra esperanza cristiana es que nació y ha florecido frente al rechazo y a la muerte. Esto ha sido posible porque la esperanza sabe de quién depende, y de quién nosotros dependemos: del Dios que actuó en Jesucristo por el poder del Espíritu Santo, y que nos prometió que al final no nos abandonará ni nos destinará a la destrucción.


El Rev. Thomas F. Best, colaborador de la Secretaría de Fe y Constitución del CMI, es miembro de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo).

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Un tema que aporta esperanza
Buscad a Dios. El Dios que buscamos
Nuestra respuesta: actuar inspirados por el amor
La alegría de la esperanza. Vivir con y por las promesas de Dios
Esperanza radical
Esperanza inclusiva
Esperanza esperanzada



El Año del Jubileo; Un impulso por la justicia y la renovación

"Contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a sumar cuarenta y nueve años. Entonces harás tocar fuertemente la trompeta en el séptimo mes; el día diez del mes -el día de la expiación-haréis tocar la trompeta por toda vuestra tierra. Así santificaréis el año cincuenta y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus habitantes. Ese añ os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia." (Lev 25:8-10)

En el año cincuenta de su fundación, el CMI celebrará su Octava Asamblea en torno a un eje principal: el tema del Jubileo. El texto original de Tom Best (véase artículo principal) es una reflexión sobre este tema. He aquí los principales puntos:

La tradición bíblica del jubileo proclama que no sólo el espacio ("del Señor es la tierra", Sal 24:1) sino también el tiempo pertenecen a Dios y, para demostrarlo, el pueblo de Dios ha de fijar un tiempo en que deberán cesar las actividades normales, en particular el comercio y el intercambio, a fin de colocar en el centro de nuestra vida los valores más fundamentales.

Un día para descansar, abstenerse de negocios, para reponer fuerzas, para considerar que el no hacer nada es algo positivo --estas ideas son ajenas a sociedades basadas en la adquisición de bienes, donde hasta las actividades de esparcimiento se llevan a cabo con adusta seriedad que las convierten en trabajo.

El Año del Jubileo debe traer consigo "liberaciones" que tienen consecuencias radicales: de personas sometidas por otros a servidumbre -incluida la carga financiera de la deuda--(Lev 25:39-42), de la tierra bajo el dominio de nuevos propietarios (Lev 25:13-17, 25-28). Una y otra acciones se entienden como la restitución de algo que se había perdido por infortunio o a causa de la conducta agresiva de otras personas.

La tradición del Año del Jubileo refleja muchos aspectos del tema de la Asamblea. Habla del Dios al que buscamos. Las prescripciones del jubileo en favor de la justicia social mediante la restitución nos hablan de quién es Dios, y de la clase de pueblo que mejor puede servirle.

El Año del Jubileo habla de nuestra respuesta inspirada por el amor a los actos salvíficos de Dios. "La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía; y vosotros como forasteros y extranjeros sois para mí" (Lev 25:23). Debemos identificarnos con las necesidades de otros, anteponiéndolas a nuestras reivindicaciones interesadas: "y lo (al extranjero) amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo, el Señor, tu Dios" (Lev 19:34).

El jubileo nos habla asimismo del impulso a alegrarnos en la esperanza. Porque el Jubileo apunta más allá del actual orden mundial hacia un estado de coherencia y próspera armonía. Por su compromiso con la transformación social aporta esperanza a los oprimidos y a la tierra.

La esperanza del jubileo ocupó un lugar preeminente en las enseñanzas de Jesús, quien desde que comenzó su ministerio en Galilea anunció la irrupción del "año agradable del Señor" (Lc 4:19), y proclamó "la libertad a los cautivos". Y hasta incluyó en la oración que enseñó a sus discípulos la anulación de las deudas: "...perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores"(Mt 6:12).

Que sepamos, históricamente, el Jubileo nunca fue llevado a la práctica. Por lo tanto, al restaurar esta tradición de restitución, Jesús estaba haciendo una dura crítica a una sociedad y un sistema que nunca se habían tomado en serio las prescripciones del Jubileo de Dios.

Parece evidente que la "crítica del Jubileo" de Jesús debe ser oída claramente hoy, y con tanta o mayor claridad en las propias iglesias.




























































































































John Newbury
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